Durante mucho tiempo, el músculo esquelético fue considerado principalmente como el tejido responsable del movimiento, la postura y la fuerza; sin embargo, la investigación de las últimas décadas ha permitido comprender que sus funciones son mucho más amplias. Actualmente, el músculo esquelético también se reconoce como un órgano metabólicamente activo y con función endócrina, capaz de producir y liberar moléculas que participan en la comunicación con diferentes tejidos del organismo.
Entre las moléculas que libera el músculo se encuentran las mioquinas, un grupo de citocinas y otros péptidos producidos, expresados y liberados por las fibras musculares, capaces de ejercer efectos autocrinos, paracrinos o endocrinos. Su estudio ha permitido desarrollar un nuevo concepto para comprender los efectos sistémicos de la actividad física: la comunicación entre el músculo y otros órganos.
El músculo como órgano endocrino
El concepto de músculo como órgano secretor comenzó a consolidarse con la identificación de moléculas producidas por el músculo en respuesta a la contracción. Uno de los ejemplos más estudiados es la interleucina-6 (IL-6), cuya producción por el músculo durante el ejercicio contribuyó a demostrar que este tejido puede liberar señales con efectos en diferentes órganos.
Posteriormente, se introdujo el término mioquinas para describir estas moléculas y explicar cómo el músculo puede establecer una comunicación bioquímica con otros tejidos. Esta comunicación puede producirse dentro del propio músculo o entre el músculo y órganos como el cerebro, tejido adiposo, hígado, hueso, intestino, páncreas, sistema vascular y piel. Por ello, los efectos del ejercicio no pueden explicarse exclusivamente por el gasto energético que ocurre durante la actividad física.
Actualmente, se han identificado cientos de moléculas con características compatibles con este concepto, aunque las funciones específicas de muchas de ellas todavía se encuentran en investigación.
¿Cómo se comunican las mioquinas con otros órganos?
La comunicación músculo–órgano constituye una red compleja en la que diferentes señales participan en la regulación de procesos metabólicos y fisiológicos. En el tejido adiposo, por ejemplo, determinadas mioquinas se han relacionado con procesos como la movilización de lípidos y el denominado pardeamiento del tejido adiposo blanco. Esto ayuda a comprender por qué el ejercicio puede generar modificaciones metabólicas que no dependen exclusivamente de la cantidad de calorías utilizadas durante la actividad.
La comunicación con el hígado también resulta relevante para el metabolismo energético. Durante el ejercicio, determinadas señales procedentes del músculo participan en la regulación de la disponibilidad y utilización de sustratos energéticos, incluyendo procesos relacionados con la glucosa y los lípidos.
En el caso del páncreas, se han descrito mecanismos mediante los cuales determinadas moléculas producidas por el músculo pueden participar en la función y supervivencia de las células β. Asimismo, la comunicación entre músculo y páncreas adquiere especial interés en el contexto de la resistencia a la insulina y las alteraciones metabólicas.
El cerebro representa otra área de interés, ya que algunas señales relacionadas con el ejercicio, entre ellas BDNF (Brain-Derived Neurotrophic Factor) y otras moléculas estudiadas dentro de este campo, se han asociado con procesos relacionados con la función cognitiva y la adaptación cerebral. La evidencia disponible ha contribuido a explicar parte de los efectos del ejercicio sobre el sistema nervioso, aunque algunos de estos mecanismos continúan siendo objeto de investigación.
El ejercicio: más allá del gasto energético
El estudio de las mioquinas aporta una explicación adicional sobre los beneficios sistémicos del ejercicio: Cuando el músculo se contrae, no solamente utiliza energía, también activa múltiples vías de señalización y libera moléculas que pueden modificar la actividad de otros tejidos. De esta manera, la actividad física funciona como un estímulo fisiológico capaz de generar respuestas en diferentes órganos.
Esta evidencia refuerza la importancia de integrar el ejercicio dentro del tratamiento de las enfermedades metabólicas. En el caso de la obesidad, la prescripción de actividad física debería formar parte de una estrategia individualizada que considere las características clínicas, funcionales y preferencias de cada consultante.
En particular, el entrenamiento de fuerza adquiere relevancia cuando el objetivo es preservar o mejorar la función muscular durante un proceso de pérdida de peso. El propósito no debería ser únicamente aumentar el gasto energético, sino también mantener un tejido muscular funcional y metabólicamente activo.
Conclusión
El estudio de las mioquinas está modificando nuestra comprensión sobre la relación entre músculo, ejercicio y metabolismo. Actualmente sabemos que el músculo no funciona de manera aislada, sino que mantiene una comunicación constante con diferentes órganos mediante una amplia variedad de señales. Así mismo, el músculo es un componente activo de la salud metabólica y su función no debería evaluarse únicamente desde la perspectiva de la fuerza o el movimiento, sino también como parte de una red fisiológica que participa en la regulación del metabolismo y en la adaptación al ejercicio.
Comprender la comunicación entre músculo y otros órganos permite, en última instancia, avanzar hacia una medicina más integradora, en la que el ejercicio deje de considerarse únicamente una herramienta para “quemar calorías” y sea entendido como un estímulo fisiológico capaz de generar respuestas sistémicas.
Referencias:
Severinsen, M. C. K., & Pedersen, B. K. (2020). Muscle-organ crosstalk: The emerging roles of myokines. Endocrine Reviews, 41(4), bnaa016. https://doi.org/10.1210/endrev/bnaa016
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